La zumaiarra etérea

Su sencillez y cercanía le han reportado a Lucía Lacarra (Zumaia, 1975) la primera Medalla de Oro que concede su localidad natal. Considerada en la actualidad como una de las mejores intérpretes del mundo, Lacarra es el paradigma de la bailarina lírica por excelencia. Sobre un escenario, la zumaiarra se transforma en ballet en estado puro. Su especialidad, los roles dramáticos, con los que provoca emociones muy íntimas al espectador. No recuerda haber querido ser otra cosa que bailarina.

Egilea
Iratxe de Arantzibia

Komunikabidea
Diario Vasco

Mota
Iritzia

Data
2007/04/16

Con apenas cinco años, la pequeña Lucía quería ser «una bailarina de verdad», para lo que añadió el velo de novia de su ama a su primer disfraz. De Mentxu Medel recibió las bases formativas y su pasión por la danza. Con quince años, se traslada a Madrid para continuar su aprendizaje con Víctor Ullate (1990-1994), quien le inculcó la disciplina, el rigor y la seriedad, además de darle su primera oportunidad profesional. En el Ballet Nacional de Marsella (1994-1997), Lucía encontró a dos personas cruciales: Roland Petit, con quien descubrió la experiencia de bailar con el alma, y Cyril Pierre, su pareja artística y sentimental.

Convertida en Bailarina Principal, Lucía inaugura su palmarés con los Premios Danza&Danza y Positano (1995). La aventura americana les lleva al San Francisco Ballet (1997-2002), época en la que el Premio Nijinsky (2002) -considerado el oscar de la danza- le consagra como 'la Mejor Bailarina del Mundo'. Un nuevo giro de su carrera les conduce al Ballet de la Ópera de Munich, en 2002. La zumaiarra obtiene el prestigioso Premio Benois de la Danse (2003) y el reconocimiento estatal con el Premio Nacional de Danza (2005).

Su participación en el Concierto de Año Nuevo (2007) convirtió al Danubio Azul en su actuación más vista en el mundo. Aunque considera que el aplauso del público es el mejor galardón, la etérea Lucía recoge con ilusión y emoción el cariño de los suyos, plasmado en forma de medalla.

No está nada mal para quien sólo soñó con ser «el último cisne del cuerpo de ballet».

Ilustrazioa
 

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